1492 o la Globalización Temprana Una reflexión histórica sobre la Conformación de América
1492 o la Globalización Temprana
Una reflexión histórica sobre la
Conformación de América
El 12 de octubre es una efeméride sumamente controvertida en los Mundos Ibéricos, comenzando por la conceptualización del territorio que alguna vez formó parte de las coronas de Castilla y Portugal. Más allá de los debates anacrónicos e históricamente incorrectos que hacen referencia a un supuesto “comienzo del saqueo y la decadencia”, el arribo de los europeos al Nuevo Mundo debe cuestionarse como un asunto poliédrico y transversal a diversas realidades humanas, evitando caer en los discursos populistas de índole victimista. Algunas escuelas latinoamericanistas han generado discursos etnocéntricos que buscan generar un contrapeso al eurocentrismo decimonónico y vigesémico, cayendo en el mismo error de las escuelas historicistas, el sesgo de la perspectiva.[1] En este sentido, esta breve reflexión pretende abordar los debates de corte humanista y cosmopolita que comprenden a 1492 como el nacimiento del Mundo Moderno, que si bien parte de una inspiración clásica, dio pauta a la eclosión de la civilización occidental que soñó con la unidad del globo.
El
3 de mayo de 1493, el papa Alejandro VI publicó el Breve Inter Caetera en favor
de los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón,
otorgándoles el dominio sobre las tierras descubiertas por sus expedicionistas,
depositando en la Casa de Trastámara la obligación de evangelizar dichos
territorios. Este es el primer documento de las bulas alejandrinas, por no
decir que el más importante, el cual marcó la construcción del orden hispano en
América, dejando atrás al Mediterráneo como centro del intercambio comercial y
cultural de Europa, mirando al mar océano.[2] Parecería
a simple vista que este acto da muestra de la apropiación europea sobre
América, y que finalmente es cierto que dicha tierra fue inventada, sin
embargo, tal proceso se complejiza al reconocer los distintos procesos de
vinculación entre europeos y americanos.
Más allá de debatir sobre cuál
civilización fue la primera en llegar a nuestro continente, dicho asunto no
responde a las incógnitas de quiénes somos, ni nos confronta ni concilia con
nuestro pasado. Leif Erickson, mercante islandés que llegó a América del Norte
en el Siglo XI, no generó un puente entre la Europa medieval y las
civilizaciones de éstas tierras. Si bien Colón murió sin saber que descubrió un
nuevo continente en vez de llegar a las indias, su obra se tradujo en un paso
decisivo en la construcción del Mundo Moderno, caracterizado por los Estados
patrimoniales y el capitalismo preindustrial.[3]
La unificación de las Coronas de
Castilla y Aragón fue el génesis del primer Estado, de una fuerza política
coercitiva de señoríos y liderazgos atomizados. 1492 es un año emblemático y
decisivo en la Historia de las Españas, de todos aquellos territorios que
fuimos parte del vasto imperio. La rendición de Granada el 2 de enero del mismo
año, dio fin a 500 años de presencia árabe en la península ibérica, dando un
cierre al proceso de Reconquista. Los reyes católicos emprendieron un proyecto
innovador, capaz de concentrar el poder de un amplio territorio en un conjunto
de instituciones que marcaron para siempre la cultura política y jurídica en
Occidente, retomando las 7 partidas de Castilla, instauradas por el rey Alfonso
X “El sabio” en el siglo XI. Durante el reinado de Carlos I, a este sistema
jurídico se le sumarían los principios del Derecho Romano en tanto el
sometimiento del sujeto al Estado, reconociendo como súbdito a todo pueblo que
sirviera a la Corona en busca de protección. El rey era el soberano de cada uno
de los reinos, y de todos al mismo tiempo, un Imperio conformado desde
alianzas, un modelo de Monarquía Compuesta[4]
Generalmente, dos grandes versiones
acaparan el plano de la lectura del 12 de octubre, el hispanismo y el
indigenismo: la primera considera que con la llegada de los españoles, América
inició un proceso de civilización y modernidad, emparentada con la leyenda
rosa; la segunda óptica relata un saqueo y genocidio en América, caracterizado
por la barbarie y la desolación. Gracias a los trabajos historiográficos revisionistas
en el siglo XXI, diversos investigadores de la escuela neerlandesa han
realizado un arduo trabajo de contraste de fuentes producidas por europeos e
indígenas, reconociendo a los naturales como actores de los propios procesos de
conquista. En Mesoamérica, el trabajo de Michel Oudijk y Matthew Restall en el
estudio de códices novohispanos ha develado un discurso legitimador de las
repúblicas de indios como artífices de la conquista de Tenochtitlan, en
especial figuran los casos de Tlaxcala, Huejotzingo y Cholula.[5] Caso
similar al del Imperio Incaico, territorio al que arribaron los españoles en el
momento exacto de la Guerra de Sucesión, librada entre atahualpistas y
huascaristas. La conquista del Perú representa un caso muy emblemático debido a
la extensa cantidad de colectividades sociales y culturales que participaron.
Si bien la alianza entre españoles y huascaristas dio fin al dominio incaico,
también estuvieron involucrados grupos tlaxcaltecas y nicaraguas que fueron
igualmente reconocidos como conquistadores por la Corona, viéndose involucrados
en las futuras guerras civiles entre conquistadores españoles tras la
conformación del Virreinato del Perú.[6]
En el carácter poliédrico del
descubrimiento y conquista de América siempre se habla –de acuerdo con
paradigmas eurocéntricos, claro está– de cuando Europa descubrió el Nuevo
Mundo, pero nunca nos preguntamos cuándo América descubrió el Viejo Mundo. No
conocemos las historias de la nobleza indígena que viajó, habitó y se mimetizó
con las sociedades hispana y francesa, como es el caso de los descendientes de
Moctezuma, a quienes el rey Carlos I de España concedió el Condado de Moctezuma
de Tultengo con Grandeza de España, gobernando un enorme territorio de la Nueva
España desde su lujosa residencia en Granada. Lo mismo puede decirse de los
naturales americanos que viajaron con Colón de regreso a Castilla, quienes
fueron bautizados en presencia de los Reyes Católicos (siendo padrinos de
bautizo de los americanos), incluso llegando a formar parte de la Corte Real de
Castilla.[7]
No se pretende minimizar el carácter
violento de los procesos de conquista en América a lo largo del siglo XVI, pero
sí reconocerlos como un proceso de larga duración de la conformación
continental. Tras las independencias americanas, muchos Estados nacionales
emprendieron campañas de apaciguamiento en sus provincias más recónditas, allá
donde la autoridad virreinal no fue capaz de establecer un orden político
permanente. En el caso mexicano, los territorios del norte sufrieron un constante
asedio en aras de someter a los pueblos yaquis hasta el periodo porfirista.[8]
Hasta antes de las incursiones ibéricas, en América era insospechado un
proyecto titánico de unificación continental, si bien muchas civilizaciones
pretendieron conformar una entidad política supralocal que conglomerara a
distintos pueblos. Los Mexicas son un ejemplo, que fueron incapaces de
cohesionar a todos sus pueblos vasallos, proyecto que sí fue consolidado por la
Corona Española, adjudicando a tal territorio el nombre de Nueva España, que
fue la base de la nación que hoy conocemos como México.[9] El pasado,
como menciona Jacques Le Goff, se fracciona en tanto usos historiográficos y
teóricos, si bien se estructura como un corpus completo en su propia condición
ontológico-histórica, es decir, el cambio es continuo y es inherente a la vida
contemporánea.[10]
Para finalizar, es necesario no solo
revisar sino revisitar los preceptos ideológicos de los primeros europeos en
América, contextualizándonos en el cierre del Medioevo y el alba de la cultura
renacentista de corte humanista. Todo cambio implica progresos y retrocesos, el
desarrollo de las sociedades humanas no es lineal. Empero, la construcción de
América como un paisaje continental ha conllevado 500 años de constantes cuestionamientos
a la conceptualización de sí misma. Para el siglo XXI, una centuria marcada por
el declive de las identidades deterministas y un nuevo proceso de
globalización, es necesario reconocer las virtudes de 1492 como el comienzo de
la integración total del planeta, generando puentes a través del Océano
Atlántico en viajes de ida y vuelta. La tradición cosmopolita que ha marcado a
un importante sector ideológico de occidente favorece el reconocimiento de
América como un centro neurálgico de intercambios de todo el planeta durante la
Primera Modernidad, y que dichos factores favorecieron el ascenso de una nación
inventada como potencia hegemónica mundial en el siglo XX. Hoy es fundamental
cuestionar el carácter meramente económico de la globalización, protagonizado
por Estados Unidos, y revalorizar el pasado común de las naciones de origen
ibérico, que fácilmente podría traducirse en grandes beneficios geopolíticos,
siempre y cuando reconozcamos nuestro pasado común, aprendiéndolo como un
abanico de posibilidades. América es Occidente, y merece reclamar un lugar en
el mundo, acorde a su historia y la dignidad que merecemos los americanos.
[1] Referencia
específica a las escuelas decolonialistas latinoamericanas, influenciadas
principalmente por el sociólogo Boaventura de Souza y el filósofo Enrique
Dussel, cuyas teorías están sumamente influenciadas por el marxismo
estructuralista y la fenomenología francesa, respectivamente. Cfr. Boaventura de Souza Santos, Una epistemología del Sur: La reinvención
del conocimiento y la emancipación social, México, Siglo XXI, 2009, pp.
365; Enrique Dussel, Filosofías del Sur y
Descolonización, Buenos Aires, 2014, Editorial Docencia, pp. 278.
[2] López
Valencia, Leopoldo, De la constitución
tradicional al Estado de Derecho. La transición jurídica en México, El
Colegio de Michoacán, Zamora, 2021, pp. 241-245.
[3] Éric
Taladoire, De América a Europa. Cuando
los indígenas descubrieron el Nuevo Mundo (1493-1892), México, 2017, Fondo
de Cultura Económica, pp. 315.
[4] John H.
Elliot, Imperios del mundo atlántico.
España y Gran Bretaña en América 1494-1830, Barcelona, 2017, pp. 1127.
[5] Michel
Oudijk y Mathew Restall, La conquista
indígena de Mesoamérica, México: Gobierno del Estado de Puebla/UDLAP/INAH,
2008. Disponible en: https://mroudyk.weebly.com/uploads/5/1/1/2/5112023/la_conqui...pdf
[6] John H.
Elliot, Imperios del mundo atlántico.
España y Gran Bretaña en América 1494-1830, Barcelona, 2017, pp. 1127
[7] Éric
Taladoire, De América a Europa. Cuando
los indígenas descubrieron el Nuevo Mundo (1493-1892), México, 2017, Fondo
de Cultura Económica, pp. 315.
[8] Eric
Hobsbawn, “Capítulo 3. La construcción de Naciones en la Era del Capital”, en
Hobsbawn Eric, Sobre el Nacionalismo,
Barcelona, 2022, Crítica, pp. 61-115.
[9] Jaime del
Arenal Fenochio, “¿Un Derecho sin Estado? La herencia romana en los siglos
medievales”, en Cossío, José Ramón; Mijangos, Pablo y Pani, Erika (coords.) Derecho y cambio social en la Historia,
México, El Colegio de México, 2019, pp. 21-37.
[10] Jacques Le Goff, ¿Realmente
es necesario cortar la historia en rebanadas?, México, Fondo de Cultura
Económica, 2016, pp. 109.
Comentarios
Publicar un comentario